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Monterrey N.L.

Por qué la Hormiga le mandó mentar la madre a Esopo

Como mi compadre Paco Tijerina salió con una de mis fábulas favoritas, que es “Las cuentas de la Lechera”, y aunque no viene ni al caso recordé que en otro tiempo y en otra parte, pero en verano, escribí este cuento:
En el Hotel Monterrey, que ahora se apellida Howard Johnson, por aquello de los efectos trasnacionales y a lo mejor de los impuestos, porque el dueño sigue siendo un tal Motemayor y el bufete del Miraplaza no es ni rastro de lo que era, me contaron la siguiente fábula:
La Hormiga se afanaba toda la primavera y el verano para acumular lo más que podía de alimentos. Así, andaba de ramita en ramita trayéndose unos pedazos de mora, que lo mismo iba con sus compañeras a sacarle provecho al putrefacto cadáver de alguna apestosa rana.
Y eso era todos los días. A la sazón de la chamba sin fin, la Hormiga hacía como que se deleitaba con el canto de La Chicharra, (llamada para efectos artísticos y otras cosas, La Cigarra).
La pequeña no se fumaba el nombre de todos modos hasta que una buena mañana de agosto, justo cuando comenzaban los huracanes en su región, La Chicharra ya no se escuchó cantar.
La desorientación en la colonia, en la Hormiga, en la Reina y en sus compañeras no se hizo esperar; les faltaba “eso”: ese horrible chillido para aumentar su monotonía.
Pasaron los días en medio del caos que el silencio a veces causa a los aturdidos. Los días se volvieron meses y los meses estaciones.
Poco antes del puente de Guadalupe-Reyes, el claxon de un lujoso Cadillac Sedan de Ville (en este cuento no aceptamos carros europeos) llamó la atención de la colonia de hormigas.
Era La Chicharra, quien, vestida en un estrafalario abrigo de chinchilla, para no hacerle guato a los verdes ecologistas, venía a visitar a su viejo barrio.
¿Cómo? ¿Eres tú?, le preguntó la laboriosa Hormiga.
Claro, querida, soy yo… Vengo de cerrar temporada en Las Vegas.
¿Y ese carro? ¿Te lo prestaron, supongo?
No, no, tontita, ese carro es mío, igual que otros veinte que tengo en mi cochera y tres yates en los mares más hermosos del mundo.
Ah, yates, dijo la Hormiga. ¿Y en esos yates visitas Grecia alguna vez?
Claro, tonta, una vez por lo menos en el otoño.
Bueno, pues cuando vayas para allá, dile a ese tal Esopo de mi parte, ¡que vaya a chingar a su madre!

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