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Monterrey N.L.

Sonrisa de photoshop

Un conocido mío acaba de ser postulado para un cargo electoral. Me pregunta si debe o no invertir tiempo y recursos en Facebook para volverse amigo de más personas: tiene el prurito de ser popular. Mi respuesta a su ansiedad – cada quién sus traumas – no será breve. 

 

A principios de los noventa, una investigación del antropólogo Robin Dunbar sugería que cada ser humano manejamos en promedio 150 personas cercanas. Una cifra mayor no sería controlable para construir relaciones que perduren o lleguen a ser estables. Dunbar sustentaba su hipótesis en el tamaño promedio del neocórtex de 36 diferentes géneros de primates, que se corresponden con el número de miembros de cada grupo. Así, dedujo que, según nuestro tamaño de neocórtex, los seres humanos podemos establecer relaciones estables con no más de 150 congéneres.

 

Este cifra de contactos permanecería inalterable si le dedicáramos 42% de nuestro tiempo libre a convivir socialmente. Añadir más personas a la cifra reduciría la intimidad que demanda cada amistad auténtica. Sin embargo, en aquel entonces, Dunbar advirtió que si se inventara alguna tecnología para establecer más relaciones interpersonales, la cifra podría crecer indefinidamente.

 

Esta tecnología se inventó tiempos después: se llama Internet. La sociedad red, de la cual forma parte Facebook, demuestra que la cifra de 150 personas cercanas no es resultado de un estudio biológico sino histórico: conforme evoluciona la humanidad, las relaciones interpersonales crecen exponencialmente. 

 

Nuestros contactos en Facebook prueban la capacidad del ser humano para relacionarse. Don Tapscott, otro experto en redes sociales,  dice que en 2015 la cifra de Dunbar ha crecido hasta los 700 contactos por persona. ¿Y por qué no 800 o 900, si Facebook rebasó ya los mil millones de usuarios? El promedio de la capacidad humana para relacionarse no depende, pues, de la neocorteza cerebral que nos emparenta con los simios; sino de la evolución tecnológica que expande las posibilidades de la convivencia y la proclividad que tenemos de formar redes en los diversos ámbitos de su vida.

 

En suma, para que lo sepa este conocido mío, las amistades no se cosechan de la noche a la mañana: demandan tiempo y dedicación (como bien lo advirtió desde hace siglos Aristóteles, el mejor filósofo de la amistad) que no sustituye ningún asesor de redes sociales fingiendo ser el titular de la cuenta de Facebook. Por otra parte, contar con mil amigos apenas alcanza para ganar la presidencia de algún club de caza y pesca.

 

En realidad, Facebook funciona mejor para desapegarse un poco de la política – esa superstición mezquina del reconocimiento social – y burlarse de tanto candidato banal, casi analfabeta, que pretende ocupar las redes sociales como tarima de mitin para pedirnos el voto con su sonrisa forzada de photoshop.      

 


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