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Monterrey N.L.

¿Y las cobijas del año pasado?

Llega la helada y los niños no van a la escuela. No es por el frío, es que se fueron a jugar con la nieve en la meseta de Chipinque…

Cierto, el invierno de nosotros no se parece en nada al de Chicago, Minnesota, Nueva York o algunas ciudades canadienses.

Me dice un amigo que precisamente vive en Minnesota que está más cálido el congeldor de su refrigerador que el portal de su casa: 25 grados bajo cero.

Pero llega el frío y nos salen con lo mismo de siempre, que Monterrey no tenga frío, que hay que dar a los que no tienen, que hay que dar hasta que duela, y todas las etcéteras.

Nadie, menos yo, puede hablar mal de la solidaridad, de la escasa a veces fraternidad, y menos de la misericordia.

Y es cierto que muchos regios como el periodista Alejandro Salas no se esperan a las iniciativas oficiales y se organizan en brigadas de reparto de los indispensables artículos para esta época, y no nada más en Monterrey y su periferia, sino en todo el estado.

Pero vuelo a lo mismo: esto es todos los años.

¿Y las cobijas que se repartieron el año pasado ya se desgastaron? Porque en mi casa hay cobertores de cuando yo era niño y a lo mejor la más nueva “tapadera” que tengo para este tiempo es una bolsa de dormir que compré de urgencia en el 2008 en 10 dólares.

Por eso pregunto si año con año se acaban, se pierden, se desgastan las fresadas que se reparten a los mismos pobres de año con año.

Es decir, les damos con qué taparse del frío, momentáneamente, vienen los políticos (sobre todo), las damas de los voluntariados y alguno que otro artista a tomarse la foto y ya.

Pero nadie (porque no le conviene al status quo) dice que lo que hay que combatir no es la helada momentánea de estos meses, ni la sed de la sequía en junio, sino la pobreza.

Digo que no le conviene a nadie porque si se acabaran los pobres se acabarían muchos votos… Y eso no es negocio.

Por eso al pobre que le damos cobija y una taza de chocolate caliente en este invierno del 2014, el año que viene lo vamos a volver a ver.

Otra vez tiritando de frío, pero eso sí, no menos pobre, porque eso no se puede. No hay más abajo.

Habría que preguntar de paso si alguien lleva un conteo formal de cuántos pobres y cuántas cobijas.

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