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Monterrey N.L.

Nuestra utopía corporativista 2/2

Tierra de Nadie

Por Walid Tijerina


Continuando con la evolución de la utopía corporativista del General Cárdenas, está lo que antes fue su pilar más sensible y riesgoso: el militar. Cárdenas sumó decididamente a gran parte del sector militar de sus tiempos con el objetivo de evitar golpes de estado o un cuartelazo como el que sufrió Madero en la Decena Trágica. Para esto, mucho aportaría a la lealtad militar tener al sucesor de Cárdenas dentro de las propias filas militares: el General Ávila Camacho. Ávila Camacho se convertiría en una situación de “ganar-ganar” para Cárdenas: primero, por su perfil conservador que calmaría a todos aquellos empresarios disgustados con el “radicalismo” de Cárdenas y, segundo, por asegurar la estabilidad política con ese importantísimo sector militar.

No obstante, la presidencia del General Ávila Camacho (1940-1946) fue la última en salir de filas militares. Y a partir de aquí, el pilar militar del país fue desencajando gradualmente con el panorama político hasta encontrarse como depositario de multitudinarios rencores y culpas tras lo sucedido en la masacre estudiantil de Tlatelolco en 1968. Luego, las incursiones del Ejército en la vida pública estarían llenas de pasajes oscuros, en constantes enfrentamientos con grupos guerrilleros, hasta tocar fondo de nuevo con acusaciones de “apoyo directo” en la matanza de comunidades indígenas en Acteal en 1997. En unas cuantas décadas, el ejército se había transformado de semillero y albergue presidencial a la “mano dura” de decisiones gubernamentales erráticas y ambiguas.

Y esta ambigüedad en el rol del ejército continuaría incluso después de la alternancia presidencial, aunque ahora con un mayor protagonismo. Calderón, mediante la “guerra frontal” al narcotráfico y la delincuencia organizada, haría nuevamente de las fuerzas armadas mexicanas una de sus piedras angulares en la frustrada re-centralización del país: ante gobiernos estatales y locales empoderados con recientes reformas políticas y fiscales, Calderón se esforzó por re-centralizar el poder político a partir de la procuración de la seguridad. El ejército, más que nunca, estaba fungiendo como policía en las calles –algo que los autores Eaton y Dickovic llamaron “estrategias re-centralizadoras de políticas públicas”.

Los resultados han dejado mucho que desear hasta el día de hoy, ya que la estrategia militarizada continúa en la actual administración de Peña Nieto. De 2011 a la fecha, son más de 22 mil los desaparecidos en nuestro país, acompañados de acusaciones flagrantes a los derechos humanos (como el caso Radilla ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos), el caso Tlatlaya o la definición reciente de “tortura generalizada” por parte del Relator Especial de la ONU. Por esto es por lo que no faltan los bombos y platillos cada que anuncia, el Gobierno Federal, la captura por parte del ejército de los delincuentes más buscados. En fin, tapando lo malo con lo bueno.



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