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Monterrey N.L.

PRI: En busca de la legitimidad perdida 1/2

Tierra de Nadie

Por Walid Tijerina


Todo es presencia, todos los siglos son este presente.

Octavio Paz


La historia se repite, esto es cada vez más claro porque la historia del PRI y sus presidentes nos sirve constantemente como evidencia.

La trayectoria del PRI en las últimas décadas está repleta de esfuerzos por consolidar su legitimidad ante una ciudadanía cada vez más despierta y activa. Desde el movimiento estudiantil del 68 –impulsado por una generación de jóvenes que representaron la primera cosecha de las transformaciones educativas propiciadas por el “milagro mexicano”–, el PRI se ha visto forzado, administración tras administración, en legitimar la pertinencia (y permanencia) de sus gobiernos.

Después del movimiento estudiantil del 68 y su trágico desenlace, el fraude electoral del 88 fue el siguiente obstáculo para ese partido que se obstinaba en dirigir los rumbos del país. La respuesta de Salinas fue un proyecto consciente de la necesidad de saneamiento o legitimación frente a todos los sectores de la sociedad: ante empresarios con una postura más abierta a sus intereses y responsiva a su crítica histórica hacia el intervencionismo estatal y los “rigorismos” en materia laboral; ante los sectores más pobres del país, con el ambicioso (y mañoso) proyecto de PRONASOL consistente en créditos condicionales y beneficios que ahora son conocidos como “desarrollo social”.

Después, la crisis del 94 con Zedillo fue tal vez una más sensible, pues no ponía en entredicho la pulcritud u honestidad del viejo PRI, sino la capacidad del PRI para propiciar el crecimiento económico de México (misma crisis que sufrió De la Madrid debido, entre otras cosas, a la impulsiva nacionalización bancaria de su antecesor que “obligó” finalmente al partido a arreglar las elecciones en el 88). Esto último fue mejor descrito por Soledad Loaeza, al referirse a “la pérdida de la legitimidad del Estado Mexicano como agente eficaz del crecimiento económico”.

Tanto Zedillo como De la Madrid debieron lidiar, al inicio de sus administraciones, con desastres financieros heredados de sus antecesores, con esa “pérdida de la legitimidad” económica que mencionó Loaeza. En el 2000, no obstante, el panorama institucional y electoral de México era muy diferente al de 1988. Por esto es por lo que al finalizar la administración de Zedillo, quien de hecho mostró gran capacidad de gestión en sus últimos cinco años con un crecimiento económico sostenido (5.1%), la alternancia fue inevitable.

Y es que durante las elecciones del 2000, el estigma de la crisis del 94 había perdurado más allá del sólido crecimiento económico; aunado a eso, la “sana distancia” que tomó Zedillo de su partido y del tradicional presidencialismo aceleró una genuina competencia entre partidos que permitió la llegada del PAN a la presidencia.

Ahora, en el último capítulo del PRI que aún se encuentra en el tintero, nos encontramos con su regreso a la presidencia, aunque perdiendo últimamente batalla tras batalla en el campo de la legitimidad. Luego del ostentoso comienzo de Peña Nieto –con el Pacto por México, las reformas estructurales y el “mexican moment”– todo parece ir en picada. Ese “mexican moment” no pasó de ser más que un esbozo precipitado y equivocado de lo que fue nuestro “milagro mexicano” o nuestros “años dorados” de los 40s a los 80s con un crecimiento promedio por encima del 6%.

El PRI, y Peña Nieto, se encuentran de nuevo en esa frenética búsqueda de la legitimidad perdida luego de Ayotzinapa, Tlatlaya, la Casa Blanca y, por último, el despido de Carmen Aristegui.



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