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Monterrey N.L.

#YaSéQueNoAplauden

Tierra de Nadie

Por Walid Tijerina


C. Wright Mills, uno de los grandes sociólogos de nuestros tiempos, escribió sobre la configuración de las élites de poder en Estados Unidos. Entre dichos grupos, C. Wright Mills narró cómo la élite política se apropiaba de una “identidad de clase” muy distinta o alejada del ciudadano común. Esta distinción ha resultado, a final de cuentas, en un fenómeno casi teatral de la fama política –con seguidores por todos los rincones y con muestras de afecto y entusiasmo desmedido en apariciones públicas. Y esta parte teatral de la política llega, en ocasiones, a construir una costumbre que suplanta lo que debiera ser una realidad más sobria.

El problema entonces es cuando esta sobriedad reaparece en su crudo (o silencioso) esplendor. Había mencionado en espacios anteriores que gran parte del trabajo ciudadano es despertar a los políticos de sus letargos. Y a veces el silencio funciona, irónicamente, como una atronadora alarma despertadora.

Esto fue exactamente lo que presenció Peña Nieto el martes. Tras finalizar su mensaje ante medios en el cual presentó al próximo Secretario de la Función Pública y enumeró las siguientes medidas en el combate a la corrupción y la procuración de una mayor transparencia se encontró con un inmenso silencio en la sala de conferencias de Los Pinos. Ante esto, le comentó a su vocero como entre dientes “ya sé que no aplauden”.

El problema es que su frase rebotó en todas las paredes del auditorio. Y, claro, la tempestad le siguió en redes sociales. #YaSéQueNoAplauden se convirtió, en cuestión de horas, en top diez de las tendencias de Twitter.

El evento en sí se transformó en todo lo contrario que Peña Nieto y su equipo pudieron desear: de proyectar vitalidad, entusiasmo y medidas firmes contra la corrupción terminó proyectando un cansancio y fastidio que cada vez son más visibles en Peña Nieto y en su gabinete (recordemos, por ejemplo, el sonado “ya me cansé” de Murillo Karam aunque lo hayan sacado un poco de contexto).

Toda administración presidencial es como transitar una larga y exhaustiva carretera de obstáculos, desviaciones, baches y desvelos; en este último caso, el silencio sirvió para despertar al conductor de una dormitada (siempre tan peligrosa) al volante.



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